Culturismo - Parte 1

Muchos piensan que el culturismo es solo 'comer, entrenar y química'. Pero para mí, es como un tablero de TEG: pura estrategia mental. ¿Por qué culturismo? Una pregunta que tiene varias respuestas, esta es la primera.

Florencia Vallese

12/28/20255 min read

¿Qué te pintó? ¿Cómo arrancaste con el culturismo? ¿Por qué? Es una de las preguntas que más me suelen hacer. Hay muchas razones y te las quiero ir respondiendo por partes. Así que acá va la primera, que tiene muchísimo que ver con mi historia.

En una de mis anteriores entradas te conté que hice gimnasia artística desde muy chica. Empecé con ese deporte por mi abuela. Cuando mi mamá estaba de guardia en el hospital, Mary venía a cuidarme.

Sitúate en la hermosa época de los ‘90 (yo soy del ‘93). Imaginate un modular de roble enorme, de piso a techo, con varios estantes y a una Flor de apenas 3 años (pero bastante alta para su corta edad) trepándose hasta el último estante, el juego era llegar a tocar el “cielo” con las manos. Ahora imaginate la cara de mi abuela y el preinfarto que le debe haber dado cuando me vio ahí arriba.

“Llevala a hacer alguna actividad o no vengo más”. Según cuenta mi vieja, esa fue la frase que me inició en el deporte. Y bueno, ya de chiquita era hiperactiva y kamikaze.

A mis 4 años empecé en el Instituto Ananda, a los 6 me federé en la Federación Metropolitana de Gimnasia (FMG) y desde entonces mi vínculo con el deporte siempre fue competitivo. El alto rendimiento te hace cultivar cualidades que, al menos para mí, son imprescindibles para una vida plena: la fuerza de voluntad, la disciplina y la paciencia.

En mi prime competitivo (alrededor de mis 15 años), tenía una rutina estrictamente diagramada. Iba al secundario por la mañana, salía a las 13:00, llegaba a mi casa, comía y a las 15:00 me iba a entrenar. Estaba en gimnasia hasta las 19:00, volvía a mi casa, cenaba, hacía la tarea y me acostaba para volver a empezar.

Trabajábamos con objetivos trimestrales. Para clasificar en el equipo de la FMG a nivel nacional tenías que estar entre los primeros 6 puestos de tu categoría en al menos dos de los tres torneos.

En este punto, tengo que serte completamente honesta. Yo no era una gimnasta talentosa ni tenía condiciones (genéticas) para trascender del nivel amateur. Siempre fui alta, estructura grande y cero flexible. Todo se entrena, obvio, pero mis éxitos en el deporte no se dieron por agraciada, sino por perseverante. Tenía fuerza, tenía potencia, pero más que todo, en algún momento empecé a tener determinación.

Recuerdo que mi punto de mayor inflexión en la gimnasia se dio con un ejercicio particular, obligatorio en la serie de suelo: el souplesse. Como te dije, nunca fui flexible. Básicamente, tenía que quebrar la espalda y, al tener poca apertura de hombros, se me flexionaban los codos y caía de cabeza. Sin ese ejercicio no podía avanzar de nivel. Una caída o un ejercicio menos significaba un punto menos, lo cual era un costo que sin duda significaba quedarme afuera del equipo.

Había dos opciones: o dejaba el deporte o me salía el maldito souplesse.

Mi orgullo leonino no me dejó ir por la primera opción. Cristina, mi entrenadora, sabía perfectamente cómo hacer que ciertas características de mi personalidad jugaran a mi favor. Un año entero de tablineras y tablineras haciendo solo souplesse, eso es lo que más recuerdo. Lo hice una y otra y otra vez. Lo hice hasta llorar, lo hice hasta frustrarme, lo hice hasta querer dejar todo y lo volví a hacer. Hasta que, de alguna forma, salió.

En ese momento no lo sabía, pero estaba aprendiendo una lección para la vida: no hay imposibles cuando tenés determinación. Paciencia, perseverancia, determinación; o como dice mi cinturón: “Disciplina. Constancia. Éxito”. Un mindset que sólo adquirís cuando entendés que la suma de lo que hacés todos los días es más importante que el aplauso que recibís cuando te encontrás con el éxito.

Y con esta extensa (pero necesaria) introducción, vuelvo al culturismo.

Dejé gimnasia cuando arranqué la facultad y cuando retomé la actividad física (luego hablaremos de ese impasse) sentía que no me alcanzaba sólo con ejercitarme por salud. El culturismo me devolvió mi pasión por el deporte.

Muchos creen que el fisicoculturismo es entrenar, comer e inyectarse, pero lo cierto es que detrás de toda esa ‘mala fama’ hay un deporte que, al menos para mí, es mucho más mental que físico.

Alejandro (mi coach) lo describe como ‘el padre de todos los deportes’. Cuando lo escuché decir eso me quedó resonando. Y sí, construir músculo es el pilar del rendimiento deportivo, es salud, y el culturismo es una oda al cuerpo musculado.

Bajo la premisa de alcanzar el gran potencial del cuerpo humano, el culturismo construye y lo hace sobrepasando los límites fisiológicos naturales a un nivel de élite que desafía lo conocido. Esculpir tu cuerpo y el arte de saber mostrarlo. Rozar la perfección, la simetría, la proporción, la definición muscular; que se note cada pequeño corte y cada detalle por más mínimo que sea.

Una imagen que no se compra. Por el contrario, ese cuerpo es un símbolo no sólo de estatus, sino también de una mente poderosa. Y esa mente es lo que más me atrae de este deporte. A diferencia de lo que el común de la gente cree, subirse a un escenario es la punta del iceberg. El pequeño ‘premio’ por un sacrificio invisible que sólo el que lo lleva adelante entiende.

Ser culturista representa un estilo de vida. Implica tener el coraje de decir que no, de anteponer tus objetivos frente a otros que no van a entender la razón de tu sacrificio.

A veces lo veo como un tablero de TEG en donde no te sirve de nada agotar todas tus fichas para invadir Kamchatka. No, necesitás pensar, es imperioso que planifiques, que seas estratégico. El culturismo es tiempo, es paciencia. Implica confiar en que cada movimiento te acerca aún más al objetivo que te propusiste, aunque parezca que te vas a quedar sin fichas. Es una entrega total al liderazgo del coach y una búsqueda constante de sinergia y equilibrio.

Me causa mucha gracia cuando me preguntan cuánta química se usa, como si fuera una especie de poción o solución mágica, un atajo. Lamento decirte que no existen atajos para los procesos fisiológicos y mucho menos para crear la mentalidad que se necesita para sostener el proceso y llegar a ser competitivo arriba de una tarima.

Sepamos diferenciar: competir no es lo mismo que ser competitivo. Subirte mil veces a un escenario no implica que estés haciendo culturismo. Subirte para que te aplaudan lo único que hace es bajarte el precio y condicionar tu salud, porque como todo deporte de alto rendimiento, no es sano. Llevar a tu cuerpo al límite jamás va a ser sano, por eso la estrategia, por eso el desarrollo mental.

En definitiva, creo que es un deporte muchísimo más mental que físico. Te desafía a estar incómodo, a salir de tu zona de confort, a llegar al fallo, al autocontrol y la autodisciplina. Y finalmente, cuando salís de tu estado competitivo, te desafía a ser mucho más que sólo atleta...

Esta es la base, el 'por qué', el 'cómo' es una historia completamente distinta que te voy a contar en la Parte 2.