El precio de la pasión
¿Cuánto cuesta vivir sin ganas? Para mí, el precio es una vida monótona y condenada al fracaso. Te comparto mi 'test del Porsche': la visualización que uso para decidir si un proyecto vale la pena o no. Spoiler: si no hay intensidad, compromiso y fuego, no cuenten conmigo.
Florencia Vallese
1/11/20263 min read
Los que me siguen desde hace tiempo saben que mi 2025 fue un año de mucha introspección. Leí y aprendí, sobre todo de crecimiento personal. La meta, casi te diría inconsciente, era conectarme conmigo misma, con mi deseo, con mi pasión.
Y de eso te quiero hablar hoy.
Casi todos los libros que leí (e incluso el que empecé este año) coinciden en que la pasión es innegociable cuando te propones un objetivo. Y acá no sólo te estoy hablando de una transformación física.
Te estoy hablando de algo más profundo. De eso que hace que te levantes todas las mañanas con la convicción de querer comerte el mundo. Eso que te mueve, que te impulsa, que hace que se te infle el pecho y te llenes de orgullo: ¡Mirá lo que estoy haciendo!
Si vamos al diccionario, encontramos que la pasión es esa emoción intensa, un entusiasmo desbordante o un deseo irresistible hacia una persona, un objeto, una idea, un proyecto. Un fuerte compromiso emocional que persiste en el tiempo.
Qué palabras fuertes en estos tiempos, ¿no? Intensidad. Compromiso. Persistencia.
Tres cosas que al común de la gente le aterran y que solo aquellos con el suficiente coraje se atreven a dejarse experimentar. ¿Por qué nos da tanto miedo?
Porque vivir con pasión implica saber que podés ser vulnerable. Significa que algo te va a importar tanto que, si sale mal, te va a doler. Y para evitar ese posible dolor, la mayoría elige la anestesia de la rutina. Prefieren lo "tibio", lo seguro. Sin embargo, estar dispuesto a enfrentar ese dolor es lo que marca la diferencia entre una vida plena y una vida por la que solo pasás.
Yo no negocio con la tibieza. Elijo el vértigo de saber que me puedo estampar contra la pared a la calma chata y mediocre de quien nunca se atreve a intentarlo.
Eso es lo que no se dan cuenta quienes temen: vivir sin pasión es una condena al fracaso. ¿Cuál es el punto de pasar todos los días de tu existencia haciendo cosas que te dan igual? ¿Qué objeto tiene despertarte a la mañana con esa sensación de “otra vez lo mismo”?
¿Te das cuenta? El precio de vivir sin pasión es muy alto: te paga con una vida monótona, sin sentido.
Suelo, con bastante frecuencia, imaginarme en mi último día. Estoy sentada en un Porsche con vista a la naturaleza; suele ser una imagen con una mezcla de bosque, praderas y montañas. Miro hacia atrás, cierro los ojos, recuerdo lo que viví, suspiro y sonrío. Me siento orgullosa de mis recuerdos, orgullosa de la vida que llevé y en paz.
Cada vez que me propongo emprender algo nuevo pienso en esa Flor y me pregunto: ¿Puedo vivir este proyecto con intensidad? ¿Puedo comprometerme? ¿Puedo persistir si no sale como me imagino? Bueno, en realidad es una sola pregunta… ¿me apasiona?
Si la respuesta es sí, si siento ese fuego en el pecho, le doy para adelante. Mi compromiso es total y si no sale como quería o sale mal, me levanto, me reinvento y lo vuelvo a intentar.
La pasión le da energía al faro que te guía hacia tu visión. Sin ella, la luz es muy tenue y podés perderte intentando encontrarte. La pasión agudiza tu intuición; no sabés explicar cómo, pero sabés que es por ahí.
La pasión permite que te conectes con vos mismo y con otros. Pero, fundamentalmente, la pasión es lo único que garantiza que, cuando llegue ese último día, el suspiro sea de satisfacción y no de arrepentimiento.