Mi historia
Tenía todo lo que se supone que hay que tener antes de los 30: casa, título, trabajo, pareja. Pero cuando me miraba al espejo, veía a una extraña. Esta es la historia del día que toqué fondo, de esa calza gris que marcó el final de una etapa y de por qué a veces es necesario romperse para empezar a vivir de verdad.
MINDSET
Florencia Vallese
12/22/20256 min read
No te voy a mentir. Para arrancar, a veces, necesitas tocar fondo.
Soy una convencida de que no cambias a menos que quieras. Pero luchamos contra algo muy difícil de controlar: nuestro cerebro tiende a abrazar su zona de confort. Si estamos cómodos… ¿por qué cambiar? La realidad, sin embargo, no es que estamos cómodos (y no hablo solo del cuerpo). Cambiar cualquier status quo es complejo porque no sólo implica esfuerzo, sino también enfrentarnos a la incertidumbre de lo que podría pasar… ‘¿y si sale mal? Mejor quedarme donde estoy’.
Y así, sin enfrentarnos a lo que nos pasa, seguimos pasando por la vida en vez de vivirla.
Mirarse al espejo y conectar con nosotros mismos creo que es una de las cosas más difíciles de hacer. Sobre todo porque una vez que sos consciente y pones en palabras lo que (en serio) querés, no hay vuelta atrás. Mientras no miras es más fácil “hacerte el boludo”, como si no pasara nada. Seguís con tu vida y con tus cosas, como si fueras un caballo con anteojeras y solo pudieras mirar hacia adelante. Sin pensar, sin sentir. Solo avanzas.
Pero… ¿A qué costo? Esa es la gran pregunta. Creo que ya lo dije pero la vida es la suma de muchas experiencias y, en definitiva, el costo de no dejarte experimentarlas con intensidad y pasión es muy alto. Este plano es una sola vez.
Insisto: hay que ser muy valientes para enfrentarnos al cambio y para reconocer que somos seres dinámicos. Capaz hay algo que antes querías y que hoy no es tan relevante. Saber soltar a tiempo y sin miedo es, al fin y al cabo, lo que te va a permitir vivir con la plenitud que te mereces.
No te digo que es fácil, lo sé porque lo viví.
Desde afuera parecía que lo tenía todo. Solemos medir los éxitos con las cosas materiales y la pareja, y yo antes de los 30 ya tenía todo eso que se supone que tenés que conseguir para ‘ser feliz’. Casa propia, vehículos, título universitario, pareja, un buen trabajo, estabilidad. Sin embargo, mi reflejo en el espejo me mostraba a una mujer completamente abandonada. No sólo en lo físico, sino (fundamentalmente) en lo emocional.
Me llevó dos años entenderlo. Dos años de vivir bajo una inercia en la que solo avanzaba.
No digo que fui infeliz en esa etapa, no sería justo llamarlo así, pero no me sentía plena. No era quien soy hoy. Pienso que fue necesario para encontrarme, pero, con el diario del lunes, sé que era lo suficientemente fuerte para soltar lo que tenía mucho antes.
El miedo me paralizaba por completo. No me podía imaginar una vida como la que tengo hoy, porque la realidad es que no estaba ni un poco conectada conmigo misma. Era esclava de lo que se suponía que tenía que ser y estaba tan preocupada por contentar a otros que me había olvidado completamente de mí misma.
El punto de quiebre
Mi reflejo en el espejo, como dije antes, de un cuerpo completamente abandonado, fue mi punto de partida. Me acuerdo de ese día como si hubiera sido ayer. Tenía puesta una calza gris horrible y un top naranja desgastado. Pasé por adelante del espejo y me vi. Era la primera vez en mucho tiempo que me veía de verdad. Busqué el celular y me saqué dos fotos: de perfil y de frente. Vi las fotos y me volví a ver al espejo.
¿Qué es lo que estás haciendo? Esta no sos vos.
Siempre había hecho deporte, me cuidaba, solía ser una persona activa, con brillo, y lo que veía al espejo era ni más ni menos que un fantasma. ‘No sos vos’, me lo volví a repetir para abrazar esas tres palabras.
11 de junio del 2020. Esa fue la fecha exacta. El momento en donde fui plenamente consciente de que estaba completamente hundida: “toqué fondo”.
Aunque, hoy, con el diario del lunes, me doy cuenta que las señales estaban ahí desde hacía más tiempo. Tengo una nota en Google Keep guardada del 8 de enero de ese mismo año que tiene unos párrafos que te voy a compartir.
Título: ¿Libro?
“Sábado 09:00. Se sentó con su taza de café frente a la computadora maldiciendo por tener un sueño tan ligero. Seguramente era la única persona despierta; por lo menos lo era en la casa de Mauro. Cuando él dormía, el lugar se llenaba de un silencio casi indescriptible, como si no existiera sonido, como si se encontraran casi en el borde de un abismo. Bueno, al menos así lo sentía ella.
Revisó el feed de Instagram y algo de Facebook antes de ponerse definitivamente a escribir. Revisar la redes sociales era casi un ritual... Como si eso inexplicablemente le trajera un poco de realidad y emoción a su vida. De vez en cuando se preguntaba cómo hacían algunas personas para sacar aquellas fotos; ella no podía siquiera salir bien en una selfie, no porque le faltara belleza, sino porque le sobraba desgano... Había perdido el entusiasmo, tal vez por sus innumerables peleas con Mauro sobre el tema o tal vez porque se había dado cuenta que todo era sumamente ficticio.
Antes del quiebre, como lo llamaba, tenía casi 30.000 seguidores y jamás se sintió tan sola.
Sacudió la cabeza para librarse de esos pensamientos que la atormentaban... En eso se había convertido, en una autómata. Se dedicaba básicamente al trabajo, a dar clases y a ‘no hacer nada’ después del trabajo. A veces se reía de ese término, ¿es posible dedicarse a ‘no hacer nada’? Claro. Mírame, pensaba mientras sonreía con desgano.
Miró el reloj y ya eran las 09:34, se había pasado la mitad del tiempo boludeando, ‘haciendo nada’, pensó de nuevo y soltó una carcajada silenciosa.
Tenía que terminar un par de escritos para presentar en el juzgado... Se sorprendía muchas veces de la calidad de estudiantes que iniciaban la práctica. Uno peor que el otro, se repetía constantemente. Claro que, siempre en un grupo de 10 había 1 o 2 que sobresalían, pero no eran más que esa cantidad; el resto, como quien dice, mediocres.”
No volví a escribir. La nota quedó ahí, guardada, juntando polvo.
No sé si puedo decirte cuál fue la diferencia entre enero y junio, por qué en un momento me ví y en el otro no era capaz de hacerlo, ni siquiera siendo tan explícita. Lo que sí puedo contarte es que después de ese momento, me llevó más de dos años juntar el valor para recuperarme a mí misma.
El gimnasio primero y el culturismo después fueron los primeros pasos. Empecé dedicándome una hora con la excusa de la estética. Me quería ver mejor y estaba decidida a lograrlo. Con el primer cambio, llegó la terapia y, te repito, una vez que ponés en palabras lo que te pasa, ya es muy difícil mirar para un costado.
Es un proceso que lleva tiempo, igual que los resultados del gym. Pretender que algo suceda de la noche a la mañana es utópico, no hay atajos, porque encontrarte (y reencontrarte) implica ver, analizar y tomar valor.
Toda decisión implica una pérdida.
Si querés un cambio físico real, vas a tener que elegir entre comer pollo y brócoli o tomarte el cuarto de helado bajonero que pedís todos los domingos mirando Netflix. Si no te gusta la relación en la que estás, vas a tener que elegir entre quedarte en ese lugar que ya no te satisface o enfrentarte a la realidad y dar un paso al costado, sin tener la más puta idea de si habrá algo que valga la pena después.
Pero dejame compartirte un segmento de un libro que tengo guardado (y que leo de vez en cuando), “La Felicidad”:
“He conocido muchas personas que huyen de las grandes aventuras, por miedo al fracaso (...), que eligen su libertad cuando en realidad esconden su pánico a la pérdida. (...) en las emociones humanas no hay garantías ni certezas. Todo puede desvanecerse en el momento menos esperado y eso traerá dolor. Un dolor que debe estar dispuesto a enfrentar quien desee vivir con intensidad, y no sólo pasar por la vida. (...) hay en lo fugaz una invitación al ardor, a abrazar con desesperación lo que se tiene. Sí, con desesperación, es decir, sin esperanza. Como dijimos, la esperanza es una trampa... La vida no puede ser sólo la víspera de la muerte. Ser feliz requiere la valentía de reconocer lo transitorio de todo lo que amamos y encontrar la eternidad. Ese instante donde lo que hemos sido, lo que deseamos ser y lo que somos confluyen en un presente único que habitamos aquí y ahora.” — Gabriel Rolón
Ese 'aquí y ahora' es lo que intento elegir. Me costó la calza gris, el top naranja y bastantes lágrimas entenderlo. Pero hoy, la intensidad que te comparto es lo que me mantiene plena.